Mis quimios

La quimioterapia nunca es como te la imaginabas. En realidad, yo no tenía ni idea de en qué consistía, nunca me había parado a pensar en ella porque no me había tocado de cerca. Si me hubieran preguntado, supongo que hubiera contestado a grosso modo diciendo que era una medicina química (por eso de la raíz de la palabra) que servía para curar el cáncer y que hacía que se te cayera el pelo. Nada creativo. Por eso el día que me dijeron que tenía cáncer y el tratamiento consistiría en quimioterapia, cirugía y radioterapia, entré en pánico. Estaba dispuesta a curarme, pero entré en pánico porque no sabía cómo sería ninguna de las tres cosas. Y el miedo paraliza más que nada en el mundo.

 

El comienzo

Ese jueves 30 de junio de 2016 llegué a la consulta de la oncóloga muerta de miedo sabiendo solamente que la quimioterapia se administraría via intravenosa, que mi pelo se caería y que las defensas probablemente bajarían, por lo que debía evitar al máximo el contacto con gente enferma. Ya empezábamos regular, porque soy enemiga de las agujas y mucho más de las vías. No soy muy de disimular, así que en cuanto la doctora me preguntó qué tal estaba, lágrimas y un “nerviosa porque no sé cómo va a ser” salieron rápidamente. Me tranquilizó bastante que me dijera que no iba a doler y que probablemente sentiría el cuerpo tal cual lo sentía en ese mismo momento.

Y efectivamente así fue.

 

La rutina del hospital

Cada día de quimio fue bastante parecido. Lo primero era llegar a la sala de tratamiento y que me colocaran la vía. A través de ella sacaban la sangre para el análisis, cuyos resultados la oncóloga me comunicaba aproximadamente una hora más tarde en su consulta (para los análisis no hacía falta ir en ayunas, podía desayunar lo que quisiera). Ese análisis nos decía cómo estaban mis defensas (los famosos neutrófilos) y si me podían dar el tratamiento o no.

En mi caso tuve mucha suerte y, aunque dos de las veces estuve muy justita de defensas, me dieron todas las quimios el día que me correspondía. Debe ser un bajón ir mentalizada de que te la van a dar y ya te queda una menos, y que te digan que no puede ser porque hay que esperar para darla. Por gran suerte, nunca me pasó eso.

Una vez que la doctora daba el visto bueno, volvía a la sala donde me habían puesto la vía y comenzaba el tratamiento.

Mi plan consistió en seis quimioterapias, una cada veintiún días.

Una vez en la sala, me sentaba en el sillón y me ponía cómoda. Primero la enfermera conectaba a la vía el líquido que tocara. No voy a detallar el orden de lo que me ponía ni dar nombres porque no lo recuerdo bien y no quiero confundir a nadie, supongo que para cada paciente hay un plan distinto. Sé que alternaba medicinas, antihistamínicos y suero. También al principio me daba una pastilla que tenía que tragar para ayudar a controlar las náuseas.

 

El proceso

Salvo por el repelús personal y la molestia de la vía en mi brazo, no notaba absolutamente nada. Y la verdad que con el paso de las sesiones cada vez me daba menos cuenta. La mayoría de las veces al principio sentía el frío del líquido al entrar pero luego ya nada, y sí que en alguna sesión me dio alguna arcada y náuseas pero también algo aislado, nada que se repitiera en todas.

El tiempo total que estaba conectada era de aproximadamente tres horas y media, en ese tiempo me entretenía leyendo, consultando cosillas en el móvil, viendo alguna peli o charlando. Pocas veces me dormí, creo que una, aunque con los antihistamínicos es muy fácil adormilarse, yo veía gente que cerraba los ojos y descansaba un ratito, ¡qué envidia!

Mientras tienes el gotero puedes ir al baño y a veces lo recomiendan para que vayan saliendo los restos de alguna de las medicinas que ponen. Te ofrecen algún zumo y bocadillito pequeño para que no tengas el estómago vacío; yo nunca tomaba porque me sentaban regular, solía llevarme de casa agua y algo de fruta o frutos secos, lo que me apeteciera ese día.

 

En casa

Para volver a casa siempre lo hacía de copiloto, según pasaban las horas desde que me ponían las medicinas sentía bastante sueño y ni siquiera me planteé conducir porque empezaba a notar un bajón de energía importante.

Ya en casa, me ponía cómoda y directa a la cama. Solía tener náuseas el primer y el segundo día sobre todo, pero te recetan pastillas para que te ayuden a sentirte mejor y cortarlas un poco. A mí no me dieron nunca muy fuertes, lo que sí me pasaba es que perdía el apetito, sólo ver y oler la comida me daba mucho asco, la sensación era muy similar al embarazo. La doctora me dijo que no pasaba nada si los primeros días no me apetecía comer, que no me obligara y que lo importante era estar hidratada. Y como el agua me sabía fatal, bebía Aquarius®.  El tema de la comida y la bebida es muy personal, yo bebía eso o agua muy fría y sólo me apetecía comer cosas también frías.

Y dormía, y dormía, y dormía, porque esos dos días sentía un cansancio como nunca antes había sentido en mi vida. Mi cuerpo luchaba hasta no poder más. Estaba exhausta. Para ir al baño necesitaba ayuda, esos 5 o 6 pasos eran una maratón.

El otro gran compañero de viaje en mis quimios fueron los sofocos, tal cual, de la nada al todo, de estar seca a estar chorreando, desde la altura del pecho hasta el último no-pelo. Y como no había pelo nada lo paraba, notaba las gotas de sudor en mi cabeza y bajando por mi frente, primero mojaba una cara de la almohada, le daba la vuelta, luego mojaba la otra y lo siguiente era cambiar la funda.

Al tercer día podía llegar sola al baño y al salón. Cama sofá, sofá cama. Ya comía algo más.

El cuarto día similar pero con más fuerzas.

El quinto día ya podía salir a la calle y pasear un poco. Esas cinco primeras noches me tenía que poner unas inyecciones que ayudaban a mis defensas, un pinchacito diario en la tripa durante cinco días.

A partir del sexto día puedo decir que hacía vida normal un poco más cansada de lo habitual.

 

Entre quimio y quimio

Fui de vacaciones varias veces, llevé a mis niños a parques, parques de atracciones y al cole, salí a cenar y a comer cuando me apeteció, fui a fiestas escolares, celebré cumples, salí de compras, ¡hasta estuve al pie del cañón cuando operaron a mi chiquitín!

Pocas actividades que me apetecían me arrebató la quimio, sólo le permitía cinco días de margen, después la vida era mía, sin tiempo que perder.

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